El inconfundible olor a whisky, tu mirada que en las penumbras buscaba la mía, esa voz tuya tan cálida que es casi un calmante para mi mente, para mis oídos.
El toque suave de tus manos, cada roce, cada caricia, esas manos que lograban sumirme en otro mundo, jamás fue a mí a quien buscaban a tientas en la oscuridad de tu cuarto.
Tu piel desnuda bajo mis manos, tu cabello que se enredaba y jugaba travieso entre mis dedos.
Y luego, un Beso, un beso que jamás fue para mí, porque tus labios, esos que tanto añoro y lograban hacerme perder la cabeza, con esos besos tan suaves, dulces, cada mordida, esa calidez, esos labios, jamás fueron míos.
Un Beso, que no era por Amor, ni siquiera por cariño.
Un Beso que solo era un consuelo, un regalo por haberme usado, por haberte entregado mi vida a ti una última noche.
Un Beso que no fue más que el reemplazo de un Adiós que jamás se dijo.
Una Despedida disfrazada de un Reencuentro...

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